miércoles, 19 de marzo de 2014

Un año con Francisco



Balance pastoral del primer año de Francisco


Por estos días en los que se conmemora el primer aniversario de Francisco como obispo de Roma, escuché decir a una parroquiana –que bien podría tener la misma edad del Papa– una gozosa expresión: “Francisco es el Papa que estábamos esperando desde el Concilio Vaticano II”.

A la hora de los balances, abundan las miradas sobre la reforma de la Curia romana, los cardenales que salieron y los que están llegando a ocupar lugares “representativos” en la Santa Sede, los que se resisten a la eclesiología de Francisco, e incluso hay quienes especulan sobre los peligros y las amenazas que afronta el Papa.

Otros son los balances que se pueden hacer desde el punto de vista pastoral. En los gestos, las palabras y las acciones que Bergoglio está llevando a cabo, resuena el clamor de Aparecida: “la Iglesia necesita una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, el estancamiento y en la tibieza, al margen de los pobres del continente” (DA 362). La suya es la pastoral de la periferia, de las bienaventuranzas y de la misericordia, que prioriza la opción preferencial por los pobres “implícita en la fe cristológica”, como señaló en su momento Benedicto XVI. Bajo este crisol, es necesario oler a oveja y hacerse próximos de los que sufren, superando ciertos “ismos”: carrerismo, clericalismo…

A un año de camino, las posturas pastorales de Francisco deslumbran por su potencial humanizante: la ternura, la acogida, el diálogo, la cercanía, la sencillez y la austeridad que promueve el Papa, revelan la Alegría del Evangelio que, ciertamente, es contracultural. Es un nuevo aire que entusiasma a muchos y preocupa a otros. Además, nunca como ahora el Pueblo de Dios, particularmente los laicos y las laicas de a pie, se habían sentido interpelados a asumir su “mayoría de edad”, en la comunión y en el liderazgo pastoral. Es la eclesiología que promulgó el Vaticano II y, seguramente, la que motivó la evocación de la mujer parroquiana, 50 años después.

Óscar Elizalde Prada
@OscarElizaldeP

Foto: http://www.vidanueva.es/2014/03/07/un-ano-de-revolucion-francisco-aire-fresco-a-la-iglesia/  
Publicado en: Vida Nueva España 2885 (edición impresa).

martes, 7 de enero de 2014

A propósito de la tradición de los Reyes Magos



No eran reyes pero sí eran magos



Los italianos acostumbran decir que “con la Epifanía se acaban las fiestas” (L’ Epifania tutte le feste porta via). En efecto, en el calendario litúrgico católico la celebración de la “manifestación” del Señor –que es lo que quiere decir Epifanía– marca el final del tiempo de Navidad.

También se conoce como la fiesta de los “Reyes magos” y en algunas regiones el 7 de enero –y no el 24 de diciembre– se intercambian regalos y detalles, como lo hicieran estos tres extranjeros que llegaron hasta una pesebrera para ofrecer sus dádivas al niño rey.

Recoger el pesebre y guardar las figuras que representan a los peregrinos que provenían de oriente, puede ser una ocasión para meditar sobre los significados de su iconología, más allá de las tradiciones.

¿Eran reyes?, ¿eran magos?, ¿eran tres?, ¿cómo se llamaban? Mateo –el único evangelio que profundiza en este episodio– no habla de reyes pero sí de “unos magos de oriente”, sin precisar cuántos fueron. Algunas tradiciones dicen que fueron dos, tres, cuatro, ocho y hasta doce sabios. Incluso, en 1985 Michael Ray Rhodes llevó a la pantalla grande la tradición de “el cuarto rey mago” (The four wise man).

Los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar provienen de un manuscrito itálico del siglo IX. Sobre su procedencia, se ha creído que eran persas, babilónicos, árabes, pero también hay quienes postulan que eran esenios de Qumrán, una comunidad que aguardaba en el desierto la llegada del Mesías.

En los tiempos en los que se escribe este evangelio –entre  los años 70 y 80 d.C.– la palabra “magos” revestía diversos significados: personas dadas a la magia, propagandistas religiosos, sacerdotes persas, charlatanes, pero sobre todo, astrólogos babilonios que también practicaban la adivinación, la medicina y la interpretación de los sueños. En cuanto al título de reyes, posiblemente se trate de una referencia posterior al versículo 11 del salmo 72: “… todos los reyes se postrarán ante él”.





Hay un detalle que llama la atención. Una señal guía a los magos en su búsqueda: la estrella. Según las creencias orientales, cuando nacía un gran personaje –un rey, por ejemplo– se registraba en el firmamento la aparición de una nueva estrella. De ahí la inquietud de Herodes por averiguar dónde nacería el Mesías esperado.

Son detalles que hoy se conocen gracias a los estudios de las ciencias bíblicas. Sin embargo, más importante que estas sutiles muestras de cultura religiosa, podría ser la pregunta por el mensaje de los magos dejan a quienes peregrinan en búsqueda de sentido.

Los magos comprendieron su misión de buscadores y no descansaron hasta encontrar lo que buscaban, a pesar de que no siempre tuvieran claro qué era ni a dónde los llevaría. Para el cristiano, seguir a Jesús es un desafío permanente, una exigencia de todos los días, ante las numerosas distracciones que suelen desorientar y confundir. Como los magos, es necesario centrar la mirada en lo esencial y discernir la vida cotidiana. Aquí la fe juega un importante papel.

¿Cuál fue su clave de éxito? Aferrarse a una estrella. Basta una señal, por pequeña que sea, para creer que es posible caminar. No en vano los padres del Concilio Vaticano II recomendaron hace 50 años estar atentos a “los signos de los tiempos”. Los signos aparecen en el camino, aunque a veces no sean tan evidentes: una persona, una lectura, un acontecimiento, pueden ser el origen de una gran esperanza. Aunque algunos nubarrones intenten disuadir la mirada, la estrella permanece en el firmamento.

Justamente a propósito de la estrella que guió a los magos, el papa Francisco en una de sus más recientes homilías ha dicho que “un aspecto de la luz que nos guía en el camino de la fe es la santa 'astucia'. Se trata de esa sagacidad espiritual que nos permite reconocer los peligros y evitarlos. Los magos supieron usar esta luz de 'astucia' cuando, de regreso a su tierra, decidieron no pasar por el palacio tenebroso de Herodes, sino marchar por otro camino”.

Al retomar las jornadas laborales, los estudios o las actividades cotidianas, después de unos días de celebraciones y de descanso, bueno es recordar la vocación de buscadores, aferrarse a una estrella y no olvidar la “santa astucia” para mantenerse firme en el camino de la felicidad.

@OscarElizaldeP

Fotos: http://www.siquia.com; http://www.esacademic.com; http://profjorgevillalba.blogspot.com
Publicado en: http://blogs.eltiempo.com/confesiones/2014/01/07/no-eran-reyes-pero-si-eran-magos/

viernes, 27 de septiembre de 2013

La paradoja Mujica


Pepe Mujica: un ateo como Dios manda



Cuando el papa Francisco dio comienzo oficial a su ministerio como obispo de Roma, el 19 de marzo de 2013, alrededor de 250.000 personas se congregaron en la plaza de San Pedro. 132 países estuvieron representados en aquella memorable misa, incluyendo más de una treintena de jefes de Estado. Allí no estaba el presidente de la República Oriental de Uruguay, José “Pepe” Mujica, quien después explicó sus motivos: "no quisimos venir porque entendíamos que era una fiesta de la cristiandad católica y nosotros no somos creyentes, no somos practicantes. Nos pareció que era mucho mejor que viniera el señor vicepresidente, que es católico".

Sin embargo, unos meses después, Pepe Mujica, el presidente que “viene del sur”, visitó a Jorge Mario Bergoglio, el papa que “vino del fin del mundo”. De ese encuentro, Mujica comentó que “hablar con el Papa argentino es como hacerlo con un amigo del barrio”, y sorprendió al reconocer “la importancia que para América representa la tradición cristiana y fundamentalmente la cristiana católica”. Más aún, precisó que “a lo largo de muchos años, hemos encontrado sacerdotes en América Latina que han dedicado su vida a la lucha por la igualdad, la equidad, en un constante esfuerzo por mitigar el efecto de la diferencia social”.

Sin lugar a dudas, en este punto, en lo social, Francisco y Mujica son amigos de barrio, de los que comparten un mate (tradicional infusión de yerba mate, propia del Cono Sur) sin importar que la yerba sea argentina y que el recipiente en el que se sirve (también llamado mate) sea uruguayo. Por otra parte, llama la atención que en sus palabras y sobre todo en sus acciones, ambos coinciden en ciertos hechos comunes: austeridad, coherencia, capacidad de renuncia a los privilegios que les otorga su “dignidad”, opción por los más pobres, crítica al modelo de la civilización actual y, particularmente, al sistema económico.


Bajo el imperativo sagrado de la vida, Mujica ha denunciado en más de una oportunidad que vivir mejor no es tener más; que hemos creado una civilización hija del mercado y de la competencia; que pareciera que hemos nacido solo para consumir y consumir; que los viejos dioses inmateriales han sido sacrificados para dar paso al dios mercado; que el verdadero desarrollo humano está a favor y no en contra de la felicidad humana; que la gran crisis no es ecológica sino política, porque el hombre no gobierna las fuerzas que ha desatado; que la vigilancia electrónica no hace otra cosa que generar desconfianza; que la democracia del planeta está herida…

Sus denuncias no son abstractas ni etéreas. “¿Qué le pasaría a este planeta si los indios tuvieran la misma proporción de autos que tienen los alemanes, cuánto oxígeno nos quedaría para poder respirar?”, preguntó en la cumbre de Río+20. “Si la humanidad total aspira a vivir como un norteamericano medio, serían necesarios tres planetas”, acaba de sentenciar ante la ONU.


Pero Pepe Mujica no sólo denuncia las idolatrías del dios dinero, del dios mercado y del dios consumo. También anuncia que para vivir hay que tener libertad y para tener libertad hay que tener tiempo; que la única adición recomendable es la del amor; que nada se compara frente al valor de compartir la vida con los amigos y con la familia; que cuando se lucha por el medio ambiente, el primer elemento del medio ambiente se llama la felicidad humana; que es necesario formular y poner en marcha políticas colectivas a favor del ser humano; que el hombre debe gobernarse a sí mismo…

Como si fuera poco Mujica está decididamente comprometido con la construcción de la paz, y más concretamente, con la paz de Colombia. Ha dicho que “en América Latina, en este momento, no existe cosa más sagrada que respaldar el proceso de Colombia para que pueda encontrar el camino de la paz (…). Nada tiene tanto valor como la paz, la paz es porvenir”. Él, que ha estado sentado en los dos extremos de la mesa –antes como guerrillero y ahora como mandatario–, sabe que la guerra es un sinsentido.

En una sociedad acostumbrada a los puritanismos y fascinada por los extremos de toda índole (derechas e izquierdas, buenos y malos, creyentes y no-creyentes), es más fácil señalar y juzgar al adversario, que dialogar y construir con él. Antes que presidente, Mujica es un hombre libre y sabio, convencido de que el valor sagrado de la vida, está por encima de cualquier diferencia ideológica y religiosa. Tanto así, que ningún “costo político” se equipara al sueño de la paz de un país, aunque no sea el propio.

Paradójicamente, Mujica reúne las características emblemáticas de un profeta bíblico: denuncia, anuncia y se compromete. ¿Puede ser profeta un ateo? Aunque no sea creyente ni practicante, creer en la vida y en la felicidad humana es motivo suficiente para considerar que Pepe Mujica es un ateo como Dios manda.

Fotos: www.rnw.nl; www.sudamericahoy.com; www.primiciadiario.com; www.vocesdelperiodista.mx
Publicado en: Blog "Confesiones" de El Tiempo http://www.eltiempo.com/blogs/confesiones/2013/09/pepe-mujica-un-ateo-como-dios.php


jueves, 12 de septiembre de 2013

La nueva Iglesia según Francisco

¿Conspirar o renovar?



Tres reconocidos especialistas y un inquieto auditorio de casi 200 personas –laicos y laicas la mayoría– dieron vida al conversatorio “La nueva Iglesia según Francisco”, convocado por la revista Vida Nueva en el Centro de Convenciones de Compensar, donde se celebraba Expocatólica 2013. En otros tiempos, los tres versados “conversadores” –una doctora en teología, un ex embajador de Colombia ante la Santa Sede y un obispo emérito– pudieron haber sido considerados “conspiradores”, incluso antes de ser escuchados, por la osadía de reflexionar en voz alta sobre un asunto tan espinoso como lo es la renovación de la Iglesia.

¿Jorge Bergoglio está renovando a la Iglesia católica?, ¿cuál es la eclesiología (o doctrina sobre la Iglesia) del Papa argentino?, ¿qué alcance tienen los “nuevos aires” que Francisco está ventilando ante el aparato eclesiástico? Estas y otras interpelaciones fueron abordadas, inevitablemente, durante el conversatorio.

Sobre la mesa del diálogo fueron presentadas las evidencias del camino de renovación que Francisco está impulsando al interior de la Iglesia: ausencia de arreos pontificales, encíclica de gestos, rechazo de estilos “principescos”, salir a las periferias, “oler a oveja”, recorrer las calles de Río en un modesto automóvil de clase media –un Fiat Idea–… en últimas, un sinnúmero de clamores que recuerdan que no es posible evadir –ni postergar– la opción de la Iglesia por los más pobres.



La revolución de la misericordia y de la ternura que ha caracterizado a Francisco en sus primeros meses del pontificado, es un lenguaje que sorprende a todos, o mejor, casi a todos. Quienes conocieron a Bergoglio como cura, obispo y cardenal, saben que no ha cambiado mucho desde los tiempos en que lavaba los pies de los jóvenes enfermos o reclusos de Buenos Aires, cada Jueves Santo, poniendo en práctica las Bienaventuranzas y las enseñanzas sobre el Juicio Final del evangelio de Mateo: “Tuve hambre, y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber; era forastero, y me acogiste; estaba desnudo, y me vestiste; enfermo, y me visitaste; en la cárcel, y acudiste a mí” (Mt 25, 35-36).

Lo que sucede con el Papa que vino del fin del mundo, es que sus gestos y sus palabras locales, ahora han adquirido dimensiones globales, desde la plaza de San Pedro, hasta las playas de Copacabana en Río de Janeiro; y desde la isla de Lampedusa –al sur de Italia–, hasta la controvertida Siria. Con todo, él ha querido ser, sencillamente, el obispo de Roma que celebra misa diaria y comparte la vida con los huéspedes de la Casa de Santa Marta.

Pero también se sabe que algunos, a estas alturas del pontificado de Francisco, están más preocupados que deslumbrados. Hasta cierto punto es previsible que aquellos que se encuentran anquilosados por las estructuras medievales y por las formas eclesiales de antaño, o que se hallan inmersos en los “carrerismos” jerárquicos que ya ha denunciado el Papa, hoy se sientan amenazados ante la inminencia de una nueva Iglesia que está surgiendo al compás de los signos, de las palabras y del testimonio de Bergoglio.

Todo movimiento renovador podrá ser tachado de conspirador. No es un asunto novedoso. Y sin embargo, las etiquetas (¿estigmas?) hacen mucho daño en la Iglesia –y en cualquier institución–, particularmente erosiona los ímpetus de quienes se atreven a pensar con la libertad de los hijos de Dios y sin resentimientos, que otra Iglesia, más cercana y acogedora, sí es posible, y que además es necesaria.

Francisco sabe que su misión más urgente, como la del “pobrecillo de Asís”, no es otra que responder al llamado de Jesús: “Ve, Francisco, y repara mi casa”. Su labor consiste, como lo dijo a los jóvenes en Río, en “ponerse  al servicio de la Iglesia, amándola y trabajando para que en ella se refleje cada vez más el rostro de Cristo”. Y es justamente por este motivo que está metiendo en líos a más de uno. Porque no se puede ostentar el título de cristiano si no se es coherente con el estilo de vida de Jesús, el judío marginal, como diría John Meier.



Los discursos eclesiológicos que pronunció al CELAM y a los obispos brasileros durante su primer viaje apostólico a Brasil –muy recomendados, por cierto–, dejan entrever que con Francisco los “tibios” tienen sus días contados. La Iglesia del siglo XXI precisa de un nuevo vigor apostólico y de un fuerte viraje en la manera de abordar su misión, despojada de tanta parafernalia, y tomando en serio el protagonismo de los laicos en todos los aspectos de la vida de la Iglesia. Es un asunto de urgente conversión porque, como lo dijo el mismo Papa, “estamos un poquito retrasados en lo que a conversión pastoral se refiere”.

Por eso, no es gratuito que ya esté caminando la reforma de la Curia Romana, con “el grupo de los ocho cardenales” que coordina el hondureño Rodríguez Maradiaga, y con una metodología participativa y colegialiada que –esperamos– pueda ayudar a que la Iglesia crezca en credibilidad y disminuya en burocracia. Esta comisión se reunirá con el Papa a finales de este mes, y seguramente tendrán dos o tres encuentros más antes de que la Iglesia asista a una nueva estructura curial en la Santa Sede, según ha dicho Francisco. Por la relevancia de los cambios que vendrán, es necesario que se hagan sin prisa pero sin pausa. Habrá que esperar algunos meses antes de vislumbrar su real alcance.

Con Francisco la Iglesia abre sus ventanas a la renovación y a la esperanza, como ocurrió hace 50 años con el Concilio Vaticano II. No obstante también es cierto que la actual coyuntura, tan compleja como fascinante, está colmada de escepticismos y hasta de eclecticismos.

Alguna vez un mandatario latinoamericano dijo que “la esperanza finalmente venció al miedo”. Aunque la resistencia al cambio es inevitable, la esperanza de los pobres y de los marginados es mayor. En esta hora de cambios, Francisco tiene a su favor que es un hombre libre, que sus anuncios –y denuncios– están respaldados con el testimonio de toda una vida, pero además, y tal vez esto sea lo más importante, está convencido de que la persona humana está por encima de cualquier edificación y/o estructura.

La barca, que simboliza a la Iglesia, se va a seguir moviendo con Francisco. ¡Afortunadamente!  Pero ¡cuidado!, la revitalización de la Iglesia, como las grandes revoluciones, pasa por las personas más que por las normativas. Es decir, todos los católicos se encuentran “embarcados” en ese esfuerzo.

En sus iniciativas Francisco no está solo, como se constató en Río y en la jornada de ayuno y de oración por la paz de Siria, hace unos días, la cual también fue respaldada por cristianos de otras confesiones, judíos, musulmanes e incluso personas no creyentes y agnósticas.

A propósito de la oración, cada vez más se comprende por qué el Papa pide, reiterativamente, que oren por él. ¿Acaso todo proceso de renovación profunda no requiere de enormes caudales de espiritualidad? Los jesuitas como Bergoglio, maestros en el arte de discernir, saben que en un momento como el actual la Iglesia necesita distinguir cuáles son las mociones del buen el espíritu y cuáles las del mal espíritu. No es un asunto de dicotomías. La cuestión es, más bien, reconocer que renovar no es conspirar.


Fotos: EFE, VNC, CELAM, JMJ 2013.
Publicado en: Blog "Confesiones" de El Tiempo  http://www.eltiempo.com/blogs/confesiones/2013/09/el-papa-del-renault-4-la-nueva.php