sábado, 16 de enero de 2016

Observatorio Juventudes PUCRS

Cuando los jóvenes son una prioridad


En Brasil, como en América Latina, “diversidad” podría ser uno de los sustantivos que mejor caracteriza a los jóvenes. De hecho, las realidades juveniles, atravesadas por connotaciones sociales, culturales, religiosas, étnicas, territoriales, laborales, escolares y de género, entre otras, con sus tendencias expansivas, han dado lugar al neologismo “juventudes” para expresar la existencia o, mejor, la co-existencia de diferentes modos de vivir esta etapa de la vida.


Esta mirada amplia y plural está presente en el Observatorio Juventudes de la Pontificia Universidad Católica de Rio Grande do Sul (PUCRS), de Porto Alegre, creado en 2011 para atender a las demandas de las juventudes brasileras, desde una doble perspectiva académica y pastoral. Su director, Mauricio Perondi, afirma que “si queremos comprender a las juventudes necesitamos conocerlas, pues es claro que los jóvenes de hoy son diferentes a los de otras generaciones”. Perondi también destaca que considerar a los jóvenes como sujetos de derechos y protagonistas sociales es un asunto neural: “ellos no son el futuro de la nación, son el ‘hoy’ y deben ser tomados en serio, con sus características, necesidades, sueños y contribuciones”.

La idea del Observatorio Juventudes surgió en el seno del Instituto de los Hermanos Maristas –congregación religiosa que anima y orienta la misión educativa y evangelizadora de esta universidad pontificia del sur de Brasil– como una sugestiva propuesta para promover la actualización del carisma de los hijos de Marcelino Champagnat, su fundador, mediante el estudio y la profundización de las realidades que configuran el complejo entramado juvenil, de cara a los vertiginosos cambios que impactan su existencia. Además, el Observatorio responde a una de las demandas del XXI Capítulo General, que en 2009 afirmó que los maristas “deben ser peritos en la defensa de los derechos de los niños, los adolescentes y los jóvenes”.


Tres grandes miedos

Una de las investigaciones más representativas de Brasil sobre las realidades juveniles, el proyecto Juventude, ubicó a este segmento de la población brasilera como uno de los más vulnerables, al constatar la existencia de tres grandes miedos que marcan a las actuales generaciones de jóvenes, en general, a pesar de la predominante diversidad: el miedo a morir (por causa de la violencia), el miedo a sobrar (por la falta de empleo) y el miedo a estar desconectado (de las nuevas tecnologías y del internet).


Ante esto, Perondi, señala que “es evidente que ser joven, en el momento actual, no es fácil, dado que los jóvenes son el sector de mayor vulnerabilidad social en el país, con los más altos índices de homicidios, de muertes por accidentes de tránsito, de reclusión, de desempleo…”.

No obstante, más allá de los estereotipos que conspiran para acentuar algunos adjetivos típicamente atribuidos a los jóvenes –como “violentos”, “rebeldes” o “drogadictos”–, el Observatorio ha logrado vislumbrar que a pesar de las dificultades, los jóvenes brasileros también sobresalen por su liderazgo en espacios de participación social y política, en la esfera cultural, en el área tecnológica, en la resignificación de las relaciones de poder y en la conciencia ambiental, entre muchos otros campos. 

Una nueva mirada

En este sentido, desde sus orígenes el Observatorio ha reconocido que las juventudes –con sus desafíos y posibilidades– representan una “condición social” que precisa ser construida desde una “nueva mirada”. “El Observatorio es un espacio que, por una parte, busca profundizar en el conocimiento sobre las juventudes y producir subsidios sobre este tema, así como sus vínculos con las políticas públicas, la acción evangelizadora y la defensa de los derechos humanos –explica su director, y agrega que–, por otra parte, ofrece asesorías para abordar estas cuestiones, favoreciendo oportunidades para la participación y el protagonismo juvenil”.

Detrás de estas iniciativas se encuentra la Red Marista de Brasil, bajo la coordinación del Centro de Pastoral y Solidaridad de la PUCRS, con el apoyo de la secretaría de Pastoral Provincial de los maristas y de las facultades de educación y servicio social de la misma universidad. Concretamente, el Observatorio está compuesto por un grupo de profesores, investigadores, estudiantes y voluntarios que comparten una misma pasión por las juventudes y dedican su tiempo –algunos con dedicación exclusiva– a las tareas de pesquisa y a las actividades que hacen parte de sus cinco grandes ejes de acción:


  • producción de conocimiento científico sobre juventudes, estimulando la realización de investigaciones, trabajos académicos y eventos sobre el tema;
  • divulgación de la producción científica sobre juventudes, utilizando plataformas diversificadas, organizando y visibilizando informaciones, resultados de investigaciones y referencias bibliográficas relacionadas con el segmento juventudes;
  • asesorías temáticas y cursos de formación en el área de las juventudes para la Red Marista y a nivel eclesial y público;
  • participación en espacios donde se definen políticas públicas de juventudes, como los Consejos de Juventud, las Secretarías de Juventud, etc.
  • creación de espacios y oportunidades para el desarrollo del protagonismo juvenil.

Con todo, uno de los aspectos que más llama la atención es la metodología adoptada, en la cual se privilegia la articulación y la colegialidad de todos los miembros del Observatorio en las investigaciones, publicaciones, asesorías y en la misma coordinación, privilegiando, la inserción de jóvenes investigadores que participan en los procesos y proyectos que se desarrollan (ver recuadro abajo).

A pesar de su “relativa juventud”, el Observatorio Juventudes PUCRS se ha tornado en un punto de referencia a nivel regional y nacional. En el transcurso de los últimos tres años ha prestado asesorías a más de 3.000 jóvenes, docentes, investigadores, asistentes sociales, organizaciones y gestores de juventudes, en ámbitos académicos, sociales, eclesiales y maristas. En mayo de 2015 contribuyó en la realización del 1er Curso Internacional sobre derechos de la Infancia, adolescencia y juventud y actualmente es una de las entidades que colabora en el desarrollo del 1er Curso de Especialización en Juventudes en Porto Alegre.

Su labor es un signo plausible de que la “opción preferencial por los jóvenes”, preconizada por la Iglesia latinoamericana, sigue siendo una prioridad para la universidad católica y para los maristas.

Jóvenes co-investigadores

Un ejemplo palpable del papel protagónico de los jóvenes en los proyectos de pesquisa que se llevan a cabo en el Observatorio Juventudes de la PUCRS, ha sido la investigación que dio lugar a su primera publicación, un libro sobre juventudes universitarias (Juventudes na universidade, olhares e perspectivas), en la cual un representativo grupo de jóvenes participó en todas las etapas del proyecto: en su planeación, su ejecución y como co-autores de la publicación.

@OscarElizaldePrada

Publicado en: Vida Nueva Colombia No. 137
Fotos: Observatório Juventudes PUCRS

viernes, 1 de enero de 2016

Los embajadores de la esperanza

“Fazenda da Esperança” acoge dependientes químicos en 16 países    


El 5 de mayo de 2007, una semana antes de inaugurar la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Aparecida (Brasil), el Papa emérito Benedicto XVI visitó la Fazenda da Esperança (Hacienda de la Esperanza) en el municipio vecino de Guaratinguetá. “Ustedes deben ser los embajadores de la esperanza”, afirmó el Papa ante un grupo de jóvenes en proceso de rehabilitación del tormentoso mundo de las drogas, lo mismo que a los miembros de la Familia Esperanza: voluntarios laicos y personas consagradas que acompañan el proceso de rehabilitación de hombres y mujeres entre los 15 y los 45 años de edad que libremente desean asumir un proceso pedagógico de doce meses de duración.

Expresamente, Joseph Ratzinger confirmó en su carisma a quienes han asumido la misión de “llevar la esperanza, Jesucristo, al mayor número de jóvenes del mundo entero”, particularmente a aquellos que desean liberarse de su dependencia tóxica (drogas, alcohol…). A la fecha Fazenda da Esperança beneficia a miles de adictos a través de más de 60 centros de acogida que se extienden en 16 países: ocho en América Latina (Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Guatemala, México, Paraguay y Uruguay), cinco en Europa (Alemania, Italia, Portugal, Rusia y Suiza), dos en África (Angola y Mozambique) y uno en Asia (Filipinas).

En una esquina

Esquina del barrio Pedregulho, en Guaratinguetá
Todo comenzó en una esquina del barrio Pedregulho, en Guaratinguetá, donde algunos jóvenes se reunían para traficar y consumir drogas. Corría el año de 1983. Cuando regresaba a casa después de la Misa, el joven Nelson Giovanelli dos Santos se sintió interpelado por esta realidad. Motivado por las enseñanzas de su párroco, fray Hans Stapel –franciscano de origen alemán–, un día decide aproximarse “con el deseo de vivir el Evangelio en medio de ellos” y movido por una frase bíblica de la primera carta de san Pablo a los Corintios: “me hice débil con los débiles para ganar a los débiles”.

Su primer acercamiento fue a través de un gesto sencillo. Le pidió a uno de los chicos que le enseñara a hacer pulseras artesanales. Progresivamente fue ganando la confianza del grupo, hasta que un día Antônio Eleutério solicitó su ayuda para abandonar el mundo de las drogas. De modo intuitivo, sin conocimientos ni experiencias sobre procesos de recuperación para dependientes químicos, Nelson comparte con Antônio su mayor tesoro, a modo de estrategia para nacer a una nueva realidad: ¡vivir el Evangelio! Fue así como Antônio comenzó a ser otra persona recobrando la confianza en sí mismo y re-encontrando el sentido de su existencia.

Su itinerario de conversión, además, resultó atrayente para sus antiguos colegas de vicio que deambulaban por las calles. Siguiendo los pasos de Antônio, algunos comenzaron a percibir los efectos, incluso terapéuticos, de asumir una experiencia de Evangelio en apertura a los otros. Tiempo después deciden vivir juntos en una hacienda abandonada que –con la mediación del párroco fray Hans– reciben en donación. Así surge la primera Fazenda, como espacio de rehabilitación de dependencias químicas, donde se reproduce la experiencia de los primeros cristianos que “todo lo tenían en común” y “vivían el Evangelio con alegría y sencillez de corazón”.

El mismo fray Hans, quien siempre ha acompañado espiritualmente la obra, recuerda que en los inicios “no teníamos médicos, ni remedios, y no era fácil conseguirlos; sin embargo, era necesario salir al encuentro de personas que no daban espera, así que comenzamos a actuar con el único medio que teníamos a nuestra disposición: la espiritualidad de comunión”.

Nelson Giovanelli y fray Hans Stapel, en los inicios
La idea de ofrecer la vida o una parte de ella con gratuidad, al servicio de personas tan vulnerables, oponiéndose a la “cultura del descarte”, contagió a otros jóvenes de la parroquia y de otras procedencias, de modo que en muy poco tiempo la Obra Social Nuestra Señora de la Gloria –denominación oficial de la Fazenda da Esperança– se extendió a otras latitudes. En 1989 Iraci Leite y Lucilene Rosedo dieron inicio a la primera comunidad de recuperación femenina en Guaratinguetá, consagrando su vida entera a esta labor, como ya lo había hecho Nelson. Asimismo, desde 1992, la Familia Esperanza cuenta con la dedicación exclusiva de fray Hans.
                                          
Lo que inicialmente fue una aventura de un joven con el apoyo de su párroco, se tornó una auténtica travesía a favor de la vida sana, plena, sin males y libre del flagelo de las drogas para todos aquellos que buscan una oportunidad para re-encontrar el camino hacía la dignidad y la realización humana, con la alegría del Evangelio y de la fraternidad.

Como un auténtico “santuario moderno” que acoge, recupera y acompaña la esperanza de hombres y mujeres agotados por los sin-sentidos, Fazenda da Esperança ha recibido, progresivamente, el respaldo de la Iglesia además de un amplio reconocimiento social. En su momento, el cardenal brasilero Aloísio Lorscheider –fallecido en 2007– llegó a afirmar que “allí el Evangelio encontró morada, y con él la esperanza”.


Don y conquista

La esperanza es un don y una conquista. Se recibe pero también se consolida con voluntad y disciplina. Así lo experimenta todo aquel que decide asumir su propio proceso de recuperación, en alguna de las Fazendas, a partir de tres grandes pilares: trabajo, convivencia y espiritualidad. Trabajo, como proceso pedagógico y fuente de autoestima que ayuda a re-establecer la fuerza, la creatividad y la expectativa de una nueva vida. Convivencia para superar las secuelas de la violencia, el egoísmo y el desamor que se experimentó en la calle. Y espiritualidad para fortalecerse interiormente y poner en práctica el Evangelio, como máxima de vida que orienta y ofrece renovados sentidos existenciales.

Antes de asumir este proceso con el apoyo de la Familia Esperanza, el candidato debe manifestar por escrito sus motivaciones y el compromiso de asumir las reglas de la comunidad que lo acogerá. De igual forma, la solicitud de admisión debe remitirse a la Fazenda que se encuentre más próxima a la residencia, para facilitar la visita de los parientes a partir del tercer mes.

Los resultados son elocuentes (ver testimonios abajo), “la esperanza no defrauda” y ya se extiende a nuevas experiencias de acompañamiento a niños huérfanos, a portadores del virus VIH, y en hospitales, escuelas y numerosos Grupos de Esperanza Viva (GEV).

En 2015, cuando el cardenal Stanislaw Rylko, presidente del Pontificio Consejo para los Laicos, hizo entrega en Roma del Reconocimiento definitivo del carisma de la Familia Esperanza, también manifestó que este grupo de laicos y consagrados hoy ofrece dos grandes medicamentos a los dependientes químicos: “el primero es el ambiente familiar que el mundo no ofrece; el segundo es la esperanza, pues los jóvenes comprenden que la droga no tiene la última palabra en sus vidas. Ustedes no ofrecen medicamentos para que ellos se desentoxiquen, pero presentan un mensaje de esperanza y muestran que Cristo es más fuerte que la debilidad de ellos”.

“Le pedí perdón a mi mamá”

Los padres de Leonardo Henriques, de São Paulo, se separaron cuando tenía 10 años de edad. Desde entonces se interesó por la vida de la calle, a los 13 comenzó a usar drogas y a los 15 ya cometía algunos hurtos para alimentar el vicio. Ahora, a punto de cumplir 20 años, reconoce que el proceso de recuperación en la Fazenda le ha permitido reconstruir su vínculo con su madre: “en una visita, le pedí perdón a mi mamá por todo lo que la había hecho pasar, y ella también me pidió perdón por todo lo que había sucedido en el pasado. Ese día pude sentir el amor misericordioso de Dios. Hoy tenemos una nueva relación y estamos descubriendo la transformación de la viviencia del Evangelio en nuestra vida”.

“Aprendí a vivir nuevamente”

Jussara Chaves, de Juiz de Fora, consumió drogas durante 15 de sus 32 años de vida: “desde que inicié mi tratamiento entendí que debía empeñarme mucho para recuperarme. Ya pasaron diez meses desde que llegué y, así como he recibido ayuda, procuro colocarme a disposición de las chicas que llegan. Una colega pensaba desistir del tratamiento y fui a conversar con ella, pude animarla y ella continuó firme. Aquí en la Fazenda aprendí a vivir nuevamente, a reconocer mis errores y a amar al prójimo. Ahora mis hijos tienen la esperanza de tener la madre que siempre soñaron. Cuando salga quiero comenzar de cero. No tengo nada, pero sé que Dios está preparando algo para mí”.

@OscarElizaldeP

Publicado en: Vida Nueva Colombia No. 135
Fotos: http://www.fazenda.org.br/galerias/     

viernes, 25 de diciembre de 2015

Teología y pastoral con identidad andina

La Iglesia del sur andino reivindica el papel de las culturas ancestrales    


“El valle de la fertilidad”, como es conocido actualmente el espacio sagrado de los Incas, a orillas del lago Titicaca en Chucuito, epicentro de milenarias tradiciones ancestrales de la cultura Tiwanaku, también es testigo del caminar teológico y pastoral de la Iglesia en el sur andino, cuyos procesos de reflexión teológica y de acción pastoral “han estado vinculados a la ancestralidad andina que se resistió a morir”, como afirma Sofía Chipana Quispe, religiosa y teóloga indígena, quien participó en el 25º Encuentro de Teología y Pastoral Andina. “Estamos haciendo camino, fortalecidos con la profundidad de nuestras ritualidades en relación a la Pachamama, a fin de que la vida siga germinando en nuestros pueblos”.

Al hacer memoria de los orígenes de los Encuentros, Narciso Valencia Parisaca, sacerdote indígena de la prelatura de Juli, recuerda que la propuesta nació como “una experiencia de fe guiada por el Espíritu de Dios y enmarcada por el ‘ven y verás’, como una forma de encontrar a Jesús vivo y resucitado en medio de la vida, la historia, las manifestaciones culturales y la experiencia religiosa de un pueblo despojado, empobrecido y peyorativamente denominado indio”.

Ante las realidades de exclusión, maltrato, intimidación y desconocimiento que afronta la población indígena de esta región, “la Iglesia en el sur andino ha asumido la responsabilidad de escuchar sus clamores y acompañar sus proyectos de vida, que subyacen en sus ricas expresiones religiosas y culturales, y cobran vida particularmente en sus ritos y símbolos, lenguajes donde se nos comunica cómo este pueblo ha experimentado y experimenta a Dios en su historia”, acrecienta el sacerdote aymara, quien también ha comprobado en su propio itinerario vocacional las bondades de un proyecto eclesial que privilegia la inculturación respetuosa del Evangelio, en diálogo con la historia y las culturas de los pueblos originarios.

Diálogo y profecía

Desde la década de los 90, la Iglesia en el sur andino ha dado vida a un proceso dialéctico y profético que reivindica el papel de las culturas ancestrales como depositarias de una singular experiencia de Dios, arraigada en la vida de la comunidad y estrechamente vinculada a la Madre Tierra.

El camino recorrido ha posibilitado nuevas formas de “hacer teologías en la frontera de cambio en el mundo andino”, como se afirmó durante el último Encuentro, en Chucuito, entre el 31 de agosto y el 4 de septiembre de 2015, donde participaron delegados de los pueblos Aymaras, Quechuas y Qollas procedentes de Argentina, Bolivia y Perú.

Propiamente, la ruptura de algunos símbolos de opresión –el silencio, la clandestinidad y el cautiverio– han dado lugar a nuevas experiencias con profundo sentido pascual –la palabra, la luz y la libertad–. Así lo plantea el padre Narciso cuando explica que la profundización de la Palabra de Dios ha propiciado una relectura de la historia, de la experiencia religiosa y de las expresiones culturales, de tal forma que “500 años después, nuestros pueblos rompen su silencio: no sólo intentan relatarnos el holocausto vivido durante todo ese tiempo, sino que vuelven a comunicarnos su experiencia milenaria del Dios de la vida, a partir de sus propias expresiones religiosas, que por mucho tiempo han permanecido en la clandestinidad. Su religión y su cultura no se destruyeron sino que se transformaron para comunicar vida a otros pueblos”.

Redescubrir la memoria, la sabiduría y la experiencia de Dios en los pueblos originarios andinos, a través de tradiciones, narrativas, cánticos, ritos y fiestas, es ciertamente una manera de pasar de la clandestinidad al protagonismo o, si se quiere, de la satanización de las prácticas religiosas indígenas al reconocimiento de que “la semilla del Verbo” también ha estado presente en sus manifestaciones de fe que atraviesan toda su cultura.

Por su parte, Sofía subraya que “fue el reconocimiento de una original apropiación del cristianismo lo que nos llevó a un modo propio de vivir la fe, aunque muchos consideren que es preciso cristianizarnos para que salgamos de nuestros paganismos”. De ahí que al ritmo de los Encuentros de Teología y Pastoral Andina, se haya decantado la necesidad de transitar del cautiverio –muchas veces revestido de formas violentas– hacia emancipación de la experiencia de fe, “en la libertad de los hijos de Dios”, de modo que se afiance también “el sentido de una Divinidad protectora, defensora y liberadora”.
  

Cultura amenazada

Ante la amenaza de un sistema económico que avasalla los diversos ámbitos de las culturas ancestrales, como si se tratara de una nueva colonización que “en nombre de la globalización impone una cultura hegemónica y dominante”, los pueblos andinos también han expresado su palabra crítica, en sentido propositivo y contracultural (ver recuadro abajo).

Ciertamente, la reflexión teológica y la acción pastoral de la Iglesia en el sur andino ha propiciado nuevas comprensiones sobre el sentido del quehacer teológico de cara a la realidad. “Hemos llegado a comprender que nuestra teología es una teología de la vida y para la vida, más allá de los libros; teología del camino que nos pone en la búsqueda de las/os otras/os para encontrar allí a Dios; teología del encuentro y del abrazo de Dios y con Dios en la comunidad; que escucha y se hace eco de la ‘voz de la tierra’, del sabor de la papa y del maíz, del amor a los animales y el respeto a los demás bienes de la tierra, como los cerros y los ríos. Teología que refuerza las identidades de los pueblos y nos reconstruye como humanos, hijas e hijos de la tierra”.

Narciso Valencia, sacerdote indígena.
El camino trazado por esta porción de Iglesia que se arraiga desde la identidad de los pueblos indígenas andinos, bien podría servir de referente para que “la alegría del Evangelio” sea posible en los diversos contextos donde la vida clama. “Nuestros pueblos indígenas desde siempre han vivido con naturalidad el ecumenismo y la inter-religiosidad que busca sumar las intuiciones y acciones que impulsan la vida en vez de dividir e imponer verdades doctrinales”, afirmaron los participantes del 25º Encuentro de Teología y Pastoral Andina.

“Nuestra teología es de ofrenda y no de petición”, concluye el padre Narciso, “nosotros [los pueblos indígenas] no acudimos a Dios para pedirle que resuelva nuestros problemas, sino para refrendar nuestro compromiso de actuar con Él, en corresponsabilidad, a favor del mundo y por el pueblo, diciéndole que aquí estamos para hacer contigo la renovación del mundo, de su armonía perdida en la enfermedad, en el desorden creado, y en la división provocada por intereses egoístas”.

La palabra de los pueblos andinos

El 25º Encuentro de Teología y Pastoral Andina denunció las pretenciones “colonizadoras” de una cultura hegemónica y dominante “que explota, oprime, reprime y violenta a todos los seres vivientes de la tierra”. Ante esto, los pueblos expresaron su palabra, a modo de manifiesto:

-      Reafirmamos nuestra convicción profunda en los Derechos Humanos y los derechos de la Madre Tierra, Pachamama, realidad viviente que reclama cuidado (cf. Laudato Si’), respeto, colaboración y cariño.
-       Transmitir nuestra experiencia religiosa, contagiando y revalorizando la cultura andina en los jóvenes, sensibilizando a través de voluntariados, partiendo de aspectos más humanos-culturales para luego introducirlos en la fe.
-       Recuperar, preservar, consumir y garantizar alimentos orgánicos que sean saludables.
-       Generar conciencia crítica, especialmente con relación al consumismo.
-   Continuar en la búsqueda común de proyectos acordes con la economía solidaria andina, realizando las prácticas culturales que expresan nuestra profunda espiritualidad que favorece la vida.
-   Reconocer a Dios también en experiencias fuera de la Iglesia institucional. Esto implica: fortalecer la diversidad y no buscar la uniformidad, consolidar el sentir a Dios en comunidad, buscar aspectos en común y no las diferencias, defender y promover la vida, entablar un diálogo ecuménico con quienes impulsan la vida.



@OscarElizaldePrada

Publicado en Vida Nueva Colombia No. 133
Fotos: P. Narciso Valencia